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miércoles, 28 de agosto de 2013

Cine de Verano, parte uno (El tuerto)



 Contaba el gran Ángel Fernández Santos que hay cuatro genios tuertos en la historia del cine norteamericano. John Ford, que no se sabe cómo perdió un ojo, ni si lo perdió realmente y su parche pirata era pura coquetería. Raoul Walsh, que durante el rodaje de una cabalgada una mata puntiaguda se cruzó en su camino y le vació una cuenca. Nicholas Ray, que no era tuerto, pero que fingía serlo y se colocaba un parche pirata de seda negra en el ojo derecho, aunque algunas mañanas, cuando su resaca era dura, se equivocaba de ojo y se lo ponía en el izquierdo. Y finalmente Fritz Lang, que se quedó sin ojo derecho -él atribuyó a esta circunstancia que su mirada se le fuese siempre sin querer hacia la izquierda- en un insignificante accidente de rodaje durante uno de sus Mabuse.

Acabo de leer un artículo que escribió el periodista Marcos Ordoñez, sobre Nicholas Ray hará uno o dos veranos, (en El País) sobre la vinculación de España y Ray.  (En Madrid abrió Ray club propio, el Nikka's, un bar de copas y restaurante que cuidó durante el año y medio que vivió en España. En el 74 presidió el jurado del festival de cine de San Sebastián.)


Le recuerdo su parche en el ojo (derecho o izquierdo según la resaca de la mañana), su pelo blanco  y un purito en la comisura del labio colgándole. Retirado en los sesenta del cine vacío e insulso que le pedía Hollywood, tras en los 40 y 50 ser un out sider en la industria del cine. Con el thriller romántico Los amantes de la noche (1949) da prueba del trágico y personal estilo que marcará su carrera y a unos personajes fatalmente marcados por el destino y que dará su mejores frutos en los cincuenta. Películas como El secreto de una mujer, Llamad a cualquier puerta -protagonizada por Humphrey Bogart-, En un lugar solitario -de nuevo con Bogart y Gloria Grahame, esposa de Ray entre 1948 a 1952- Nacida para el mal, Infierno en las nubes -con John Wayne- La casa en la sombra y Hombres errantes inciden en este trágico, desesperanzado y violento estilo. Como la aportación de Ray a un género que marca un hito con el genial y atípico western Johhny Guitar en 1954, protagonizada por Joan Crawford, un gran éxito de taquilla que abundó en un trágico fatalismo del que trataría alejarse con Chicago, año 30 (1959) con Robert Taylor y Cyd Charisse.



Domina en sus films el color de manera asombrosa, así como el cinemascope. Le vieron guapo y joven dirigiendo al Dean mas rebelde, después con aire más hippy y más libre en su etapa madura, decrepito y cansado ya en sus últimos años luchando contra el implacable cáncer. Genio libre desde siempre, se centró (tras dejar de hacer cine de manera comercial) en enseñar cine en la universidad. Contratado para ello se propuso abordar de manera simultánea dos temas que le apasionaban: la juventud y la educación. Y afronta We can't go home again que retocaría hasta su muerte. Junto a sus estudiantes de sus estudiantes del Harpur College, en Binghamton University, se dedicaba a leer a Camús, y a Bergson. Sus experiencias educativas comunitarias de juventud en la casa Taliesin de F. LL. Wright, eran continua referencia para su manera de enseñar (aprender junto a los jóvenes). El teatro era su punto de arranque. No se podía aprender cine sin adentrarse antes en lo dramático. Sus experiencias con Elia Kazan le marcaron para siempre.